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Abrazar la incertidumbre: el arte de vivir sin certezas

Cuántas veces damos por hecho que lo que tenemos va a ser lo que tengamos. Y cuántas veces esto nos lleva a quitarnos la oportunidad de encontrar aquello que no esperamos saborear ni de lejos*

La cabeza tiene un objetivo claro: protegernos. Y qué mayor protección que anticipar todas las catástrofes y darnos la garantía de que nada va a salir bien nunca. Que más vale caer desde abajo que asumir una realidad que va a ir llegando poco a poco, ¿No? O al menos bajo este paradigma funcionamos. Cuando no sabes el “modus operandi” de aquella amiga que llevas encima siempre, la zancadilla vital puede ir desde el movimiento en una zona conocida rígidamente limitada hasta el inmovilismo que desemboca en sufrimiento perpetuo.
El otro día acudí a uno de los eventos más emotivos de mi vida, rodeada de personas a las que quiero mucho y de personas que no me esperaba querer así. Miraba alrededor y veía cerca a quienes sabía que iban a estar pero giraba hacia el otro lado y también veía caras con las que nunca me hubiese imaginado compartir mesa y, mucho menos, historia. También percibí ausencias que tampoco esperaba, por supuesto. Me quedé ahí, saboreando esa escena, y una pequeña voz lanzó un mensaje de fondo: “esto la cabeza no lo esperaba” y qué razón. Ella da por hecho el contenido de la mesa pero no tiene ni idea de las personas, experiencias y enseñanzas que están por sentarse y que formarán parte de esta porque, aunque desea mantenernos a salvo, no es una bola del futuro. Y asumir esto es clave.

No hace falta cambiarla, no puedes con ella, pero puedes ir de su mano sabiendo que no las tiene todas consigo porque lo vivido no sirve de lectura para un futuro completamente incierto. Si algo intento transmitir cada día de mi trabajo es la idea de que, a veces moverse cuesta y más cuando tu bagaje te invita a sentarte y a simplemente observar lo que acontece porque el dolor pesa mucho, pero que a veces la única forma de cambiar el cuento es saber que quedan muchas sillas por ocupar y que la única manera de descubrir lo que llenará esos espacios es dando pasos en otras direcciones. Algunos más largos, rápidos, lentos, intensos o pausados pero la base es la misma: andar. No hay solución, no hay forma de convencerte de que llegarán cosas mejores y estos mensajes tampoco ayudan, basta con saber que la única certeza es el segundo en el que estás leyendo estas palabras y dentro de un momento “vete a saber”. Lo único que necesitas es grabarte esto y moverte aunque la esperanza no te acompañe porque, no nos lo enseñan, pero tampoco la necesitas para continuar en la dirección que eliges.
Si hoy te encuentras entre estas líneas te invito a que imagines una mesa, que dibujes qué esperas que esté ahí, contigo, y que dibujes un montón de sillas a la espera de ser ocupadas por experiencias, momentos, personas, llantos, risas, desencuentros e ilusiones que estarán por llegar si decides abrir la puerta, aunque las ganas no te empujen a hacerlo. Os comparto una mesa que estuvo muy llena de muchas cosas y, entre ellas, de discriminativos que dieron lugar a juguetear dentro de mí con esta carta que os envío. Y espero que aprendáis a saborear la vuestra en todos los momentos de la vida estímulo discriminativo: señales que nos indican qué comportamiento probablemente será seguido por determinadas consecuencias. Y también señales que nos despiertan sensaciones que no elegimos porque tienen un significado particular en nuestra historia previa.

MARÍA MARTIN

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